El placer de volver al pueblo

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Santa María del Castillo, Olivenza, Extremadura
Santa María del Castillo, Olivenza

A mi padre

Regresar al pueblo cuando aprieta el calor es la forma más fácil y económica que conozco de viajar en el tiempo. Algunas cosas se transforman: aquella discoteca convertida en tienda de los chinos;  la aparición de plazas de parking en batería por doquier (qué obsesión tienen los alcaldes con los aparcamientos en batería); aquel amigo que no tenía barriga y que hoy luce un amplio flotador; o aquel terreno que era una pista para jugar al fútbol y en el que ahora se venden bragas y cds piratas. Pero lo cierto es que en general, un  pueblo, para serlo, debe seguir igual. Eso es lo bueno, es lo que lo hace encantador. Una cosa hay que tener en cuenta, que viajar al pueblo no te cambia como lo podría hacer cualquier otro viaje. Viajar al pueblo te pone en tu sitio, te devuelve a una realidad irrenunciable, al pasado que forja nuestro presente, al lugar donde hicimos casi todo por primera vez.

Este verano he pasado algunos días en Olivenza (Extremadura), mi pueblo, y he comprobado la máxima de que todo sigue casi igual: los mayores sentados en el paseo grande pegan la hebra como si estuvieran en La Sexta Noche (eso sí, con menos vehemencia y cada vez con un acento portugués menos acentuado); los niños juegan a Cristiano Ronaldo contra Messi en el paseo chico; la tienda de la Amalia sigue en el mismo sitio, con los mismos productos expuestos con la misma meticulosidad; las mismas mujeres recorren la misma ruta del colesterol; idénticos cacharritos de feria sirven de escenario a los flirteos de los adolescentes en agosto; calles similares arden de la misma manera a las 4 de la tarde; las pastelerías se siguen llamando dulcerías; y los imperturbables vecinos continúan tomando el fresco en las puertas de las casas donde han vivido toda la vida. Ya sabéis que lo típico, para serlo, no cambia.

Nada más cruzar el catrapó (un cerro cercano a Olivenza si se viene desde Badajoz) la gente deja de conocerme por mi nombre y paso a ser el hijo del Pepe y la Isabel” y mi acento, sin duda contagiado por el eco de mis paisanos, comienza a tornarse más cantarín por la profunda herencia portuguesa, la que riega este bello pueblo extremeño que, como dice la canción es “hijo de España y nieto de Portugal”. La nostalgia se convierte en actualidad al pasar por rincones que continúan ahí aunque transformados en otra cosa. Y de repente, tienes tiempo para aburrir. Es como si una vez en el pueblo fueras el protagonista de una película.

Julio y agosto han sido muy calurosos, pero en Olivenza yo los recuerdo así de tórridos desde siempre. Cuando era pequeño había dos piscinas: la Almazara, una antigua fábrica de aceitunas; y la Olímpica, moderna y apta para todos los públicos. La primera acabó convertida en el Trago’s, una  discoteca de verano, y más tarde en terreno para chalets a 50 millones de pesetas cada uno. Así que la Olímpica es la piscina de Olivenza por derecho propio, también porque es la única. Hacía muchos años que no entraba y está igual. Ambiente familiar, agua limpia, amplio césped, precio muy económico e, importante, un bar para tomar las cañas a mediodía. La piscina es el mejor sitio en el que refugiarse durante los días  de calor, esos en los que ni siquiera la sombra de los árboles del parque de los Pintasilgos puede aportar algo de frescor. Y eso que el fluir del agua es constante y la frondosidad vegetal abundante. Pero cuando da la una de la tarde, no hay quien pare.

A Olivenza siempre llegaron visitantes  pero desde hace unos años vienen turistas. A pesar de ser un pueblo conocido en toda España y en Portugal, su feria taurina y un pasado portugués que dibujó en el mapa urbano un patrimonio sin igual, han multiplicado las visitas. Así que el único hotel digno que existía, el hotel Heredero, el de siempre, se quedó pequeño a pesar de la ampliación. Su discoteca, donde organizábamos las fiestas del instituto, y la terraza de verano, que un día fue innovadora allá por los 90, quedaron para acoger las barras libres de las bodas. El Palacio Arteaga es otra cosa. Está subiendo la calle Baldosines, algunos portales más arriba de la Pastelería Fuentes, donde fabrican la Tecula Mécula, dulce de almendra de secreta receta. La dueña, la Carmela, siempre remarcaba orgullosa que los Reyes recibían religiosamente su técula todos los años. Menudo empacho. El Arteaga tiene buena cocina, un interior artesonado y 12 habitaciones distintas. En su interior, alguna vez jugué al escondite cuando pertenecía a una familia que vivía en Madrid, ahora este antiguo palacio es un céntrico hotel de 4 estresllas que todavía conserva algo de intimidad.

Los barrios no son exclusivos de las ciudades, en los pueblos también existen. La Farrapa o Los Naranjos tienen su encanto. En la primera están las escaleras del infierno, donde de adolescente íba con mi amigo Nono a beber cerveza y hablar de heavy, y en la segunda vi por primera vez una ceremonia de culto gitano que ya quisiera el gospel neoyorquino. Pero Olivenza siempre fue muy de intramuros. Todo está céntrico, en un radio de 200 metros, al abrigo de un patrimonio rico y abundante de herencia portuguesa. Sobresale la Iglesia de la Magdalena, referencia del arte manuelino, y en cuyas faldas jugábamos de chicos. Sus columnas torsas y los elementos marineros siempre me impresionaron pero mi iglesia fue y es la de Santa María del Castillo. Debe ser porque mi familia pasó buena parte de su vida en aquella fortaleza culminada por una Torre del Homenaje a la que todavía hoy se puede subir. La iglesia del Castillo tiene menos grandiosidad que la Magdalena pero a mis ojos se aparecía más pura y mágica a través de aquellas historias de caballeros y doncellas.

El Castillo también alberga el Museo Etnográfico, obra de un hombre-hormiguita que fue recogiendo todos los enseres que los vecinos de la comarca iban a tirar y en los que él veía una belleza intrínseca y, sobre todo, una historia.

“Voy a transformar la barbería en una habitación para el niño que se me casa y no tiene donde dormir.

-¿Y vas a tirar todo esto, rey? Yo me lo llevo pal museo” -decía Francisco González Santana, el creador del museo cuando la ocasión se presentaba.

De hecho en Olivenza, cuando algo queda viejo y su próximo destino es la basura se suele aplicar la expresión: “Esto….pal museo”. No sé por qué pero mi madre siempre aplicaba ese axioma a mis discos y mis libros.

Sé que se me olvidan muchos otros monumentos como por ejemplo, el Convento de San Juan de Dios, donde jugábamos de pequeños, mucho antes de que lo sacara Iker Jiménez en Cuarto Milenio, a buscar fantasmas. Fue Escuela Oficial de Teatro de Extremadura durante unos años y ahora sus muros albergan el centro de interpretación del lago de Alqueva. Tampoco podemos obviar el Puente de Ajuda, símbolo de nuestra relación con Portugal, la Casa de Misericordia, íntima y bellísima capilla, donde son dignos de ver los Oficios de la Semana Santa.

Como otro patrimonio, la cocina oliventina todavía guarda el aroma y el sabor del legado portugués. Fusionada con la gastronomía extremeña crea una piezas únicas en las que destacan los productos naturales. Alguna noche hay que pararse a probar el bacalao rebozado a la portuguesa, la morcilla con verduras o el solomillo de cerdo horneado de mi amigo Maxi, el dueño de Casa Mayla. Cerca del edificio del Ayuntamiento está el Dosca, con una terraza que mira a la iglesia de la Magdalena y con un bacalao a la nata y unas croquetas de retinto que quitan el sentido. También hay huella portuguesa en los desayunos. Cafetería Rivera te ofrece 1.001 y una tostadas: cachuela, zurrapa de lomo, jamón, pechuga de pavo, vegetal…..Por la tarde, los pasteis de nata, la tarta de almendra o la bola de bolacha de la Dulcería Chimenea se toman con un buen café Camelo.

Ya entra el fresco por el balcón de mi calle por la que bajan los muchachos cantando camino del parque. Agosto se termina y llega septiembre. Las noches son más cortas. A las 1 de la mañana en el paseo chico ya se nota el biruji.

Por la mañana, el sol entra por la persiana alicantina verde caza. Dos vecinas se paran en mitad de la calle y hablan en portugués mientras el panadero da una voz a través desde el zaguan con una telera en la mano. Los que vivimos fuera nos vamos. El hogar se queda aquí. El verano se acaba, todo vuelve a la normalidad.

Paso el catrapó dirección Badajoz y se me quita el acento, todo comienza a acelerarse. En fin, cosas del pueblo.

Este artículo fue publicado originalmente en CadenaSerViajes

El placer de volver al pueblo
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