Vicio y Amor caminan por la misma acera en Las Vegas

Cojo mi cuaderno de notas y busco impaciente dónde comenzó mi historia en Las Vegas. Paso las páginas pero no consigo dar con la historia, está escondida como si no quisiera ser leída de nuevo, o directamente, pretendiera no ser descubierta. Por fin doy con ella, los gráficos del bolígrafo negro están tatuados a tramos por manchas de café. En la parte inferior de la primera página hay pegada una carta de Poker con una señora de aspecto asiático enseñando las tetas. Reproduzco aquí la primera frase que escribí a mi llegada a Las Vegas: He visto parejas que se aman o que se besan, no sabría diferenciar, jóvenes en busca de diversión sin rubor, tragaperras que hacen literalmente honor a su nombre, luz y sombras que no se ven. Camino por el Strip y me cruzo con viciosos que han derrochado lo que no tenían y con personas que han encontrado el amor impúdico. Todos tenemos un hueco en este valle en el que nadie se cruza de acera”.

Las Vegas es consumismo sin control, gasto sin freno, diversión con billetera. Pero no es una ciudad sin moral ni educación como muchos quieren dar a entender. Os puedo asegurar que las camareras y las bailarinas la tienen. Hago el viaje por la Costa Oeste de los Estados Unidos y la etapa hasta Las Vegas comienza en Page, Arizona. Dura unas 5 horas y hasta Hurracaine City prácticamente no hay nada salvo el Lake Powell. El paisaje se transforma de tal manera que cuando se coge la interestatal I15, las orillas de la carretera se vuelven rocosas. Las formas se vuelve cada vez más difíciles y hermosas. El camino discurre, literalmente entre montañas, haciendo la ruta muy atractiva, con vistas inesperadas y envolventes. Suena el Nebraska de Springsteen.

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Llegar a Las Vegas fue frío. No encontré, mientras penetraba en la capital del pecado, nada de romántico.  No llegué a ver el desierto de Nevada, ni escenas de película rodearon mi arribo a Las Vegas. No había nada fantasioso, fruto de la imaginación. No, todo era real. Esperaba conducir un descapotable rojo por una carretera infinita, rodeado de cactus gigantes en medio de arena marrón, el mismo color de los nuevos uniformes de los Marines. Y en la radio: Simpathy for the Devil, de los Rolling Stones. En aquella llanura sólo había sitio para pequeños montículos con tahúres enterrados, junto a tramposos, cadáveres exquisitos y tesoros que algún magnate con ganas de juego sepultó bajo tierra hace años.

No llegué con esta fanfarria a Las Vegas. Todo lo contrario… Iba montado en un Ford Scort azul en el que sonaba Lynyrd Skinnyrd, conduciendo por una autovía con incontables carriles y rodeado de terreno llano salpicado por alguna que otra gasolinera y árboles frondosos. Así hasta llegar a un suburbio, prólogo de la metrópoli que nunca duerme. Solares deslavazados y grandes almacenes con toldos de colores chillones me dieron la bienvenida, mientras negros y chicanos pedían inútilmente en los semáforos. Bienvenido a Las Vegas.

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Las Vegas no es sórdida, su color no llega al negro y se queda en el añil, el color del blues. La literatura o el cine eligieron otros escenarios como Chicago o New York, para tramas mezquinas, indecentes, sucias y miserables. Quizá sólo la mítica Leaving Las Vegas, de Mike Figgis reúna alguna de las facetas más características del cine negro, pero la humanidad de Sera (Elisabeth Sue) y el desahuciado Ben Sanderson (Nicolas Cage) la destiñen. I thought I move out to Las Vegas. Y de fondo la banda sonora del propio Figgis y de Sting. ¡Bestial!

Un poco de historia

Este museo de Neón llamado Las Vegas, tiene un pasado demasiado reciente. Durante la construcción de la línea del ferrocarril que unía Salt Lake City con Los Ángeles, los trabajadores convirtieron un valle en mitad del desierto en el que nacía un manantial, en su hogar. Una vez concluida la obra en 1905 y desmantelado el campamento obrero, especuladores inmobiliarios discutieron durante dos días por aquellas tierras. El pecado echó raíces al poco tiempo. Muy cerca de lo que hoy se denomina Block16 nació el que sería el primer salón-bar-casa de citas-casino de la ciudad. Luego vinieron más. Casi todos sobrevivieron sin problemas a la Ley Seca y a la prohibición del juego que en ese tiempo estaba en vigor en Nevada.

Las Vegas fue de los pocos lugares que no se resintieron durante la crisis del 29. La construcción de la presa Hoover, finalizada en 1931, y la legalización del juego ese mismo año, la mantuvieron a flote. Después llegó el boxeo para hacer todavía más rentable la ciudad, las bodas fáciles, los divorcios sin preguntas y la prostitución legal. Diez años después, en 1941, Thomas Hull construyó el primer Casino Hotel de Las Vegas con el nombre El Ranchos. La calle donde se levantaba, una simple avenida de dos carriles se convirtió poco después en Las Vegas Boulevard, más conocida como la Strip.

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Luego llegaron los mafiosos, con Benjamien Siegel alias Bugsy a la cabeza, convirtiendo al Flamingo en leyenda. Detrás de ellos, Frank Sinatra y coristas francesas que hacían topless. Pero no sería hasta 1966, fecha en la que  Howard Hughes llegó a Las Vegas y compró el Dessert Inn, cuando el juego se convirtió en algo limpio, dando a la ciudad una identidad que hoy conserva. En 2020, la capital de la diversión cumplió 115 años.

No sé a qué fecha se remonta el Circus Circus, el hotel-casino que va a ser mi centro de operaciones para los próximos días. Moderno no es, eso seguro, por eso lo reservé. El estilo, entre retro y terrorífico, de este hotel me recuerda a los relatos de Stephen King y, quizá por eso me siento a gusto. Es el elegido de entre las casi 200.000 plazas hoteleras que pueblan el Strip, más del triple de las camas que hay en Barcelona. Después de 25 minutos de espera para hacer check-in me trasladé a mi habitación, un lugar que ha avejentado el paso del tiempo y de la cantidad de gente que la ha habitado. Es inevitable pensar cuantas historias han pasado por aquí.

En el interior de los Casinos

Las Vegas se mide en dinero. Con un buen fajo de billetes, puedes hacer lo que quieras sin rubor. Vista la habitación penetro en el Casino y tengo la sensación de estar en el vientre de la ballena. Una ballena que está en constante movimiento y que nunca descansa. La luz del sol es imposible en este cubículo y nuestros pasos son amortiguados por una moqueta que vio tiempos mejores. Se bebe cerveza a raudales en cualquier lugar y de manera ostentosa (a unas 100 milllas de aquí, en Arizona,la mayoría de los restaurantes ni siquiera venden alcohol), sin necesidad de ponerle una bolsa de papel para ocultar su presencia, y los fumadores se multiplican por todos lados. No hay problema, fumar es libre y los ceniceros no faltan cerca de ninguna maquina o mesa de juego. De hecho, lo difícil es buscar sitios para no fumadores.

Las luces, al ritmo del estridente sonido de las tragaperras no producen ninguna sensación aparente en los jugadores que permanecen impenitentes, como si alguien o algo les obligara a estar delante de esa caja autómata. La sala de juego es muy americana, hay gente de todo pelaje. Si en Europa para entrar en un casino te exigen ir cómo mínimo bien vestido aquí encuentras de todo. Esto es América.

Las camareras que pululan por la sala de juego son lo más parecido a los peces: sortean clientes, turistas, jugadores, perdedores….hasta llegar a su destino, y vuelta. Selma se mueve con una agilidad de gimnasta rítmica. “Sí, cada día hago mucho slaloms entre los clientes. Algunos dicen que tenemos mala leche, pero trabajar aquí es como una carrera de obstáculos”. Apoyada en la barra más cercana a las mesas del Black Jack, Selma continua con su visión de Las Vegas: “Todo se puede hacer con dinero, todo. Sin City te sonríe… mientras puedas pagarlo, claro.”

Show constante

La ciudad es un show constante, en el más pequeño de los casinos-hoteles de la ciudad trabajan miles de personas. En realidad, vi pocos que fueran serviciales y te atendieran con gusto. Todos parecen estar ahí por que no tienen otra cosa, no porque amaran lo que estaban haciendo. Son lo que por aquí llamamos paracaidistas.La diferencia con el personal de California es abismal. Betty es bailarina de striptease en el Flamingo, uno de los primeros casinos que se construyeron en Las Vegas.  

Me ha visto con la cámara y en un descanso de su exhibicionista trabajo se acerca para preguntarme para qué revista son las fotos, sin duda esperando verse impresa y poder utilizarlo como tarjeta de presentación en futuros trabajos del estilo. “Es mucho mejor, es para un blog que verá cualquier persona en el mundo”, respondí mostrándole mi cámara como si fuera un trofeo. “Estoy conociendo Las Vegas, y tú eres parte de Las Vegas” le dije casi sin pensarlo mucho aprovechando su acercamiento para que me trasladara su propia visión de la ciudad. “Cuando el dinero se gasta, algunos acaban en la calle. Las Vegas está llena de homeless, gente sonada, pobre, arruinada o que simplemente no tiene donde ir después de la última partida.”, revela Betty. “Es real, es un buen sitio para morir. Pero no esperes compasión.” Me despido de Betty y le cuento que tiene un nombre muy famoso en esta ciudad, Betty Williams es la única mujer que ha pasado a la historia por diseñar algunos de los luminosos más fotografiados de la Strip. “El signo de Stardust, un icono de la edad atómica, y el famoso “Bienvenido a la fabulosa Las Vegas” son suyos”, le cuento. Sonríe al mismo tiempo que su mirada expresa que eran otros tiempos.

Caminando por el principio del Strip veo Moteles abandonados y restos de una ciudad que recuerda a los 50, a cuando los mafiosos controlaban Las Vegas. Habrá que andar varios cientos de metros para llegar al meollo de la ciudad, la aglomeración de Casinos en los que perderse. En los márgenes de esta avenida, los neones llaman insistentemente desde servicios de pastores evangélicos, abogados, psicólogos, tiendas de saldo…Y compiten con los espectáculos del Circo del Sol, de Bon Jovi o de Celine Dion. Las Vegas no es para hacer turismo, es para consumir. Visto un casino, vistos todos. Solo cambia el envoltorio, muy importante sí, pero tan falso como la sonrisa de muchos de sus trabajadores.

El Strip, la avenida de los neones

El Strip tiene una longitud de aproximadamente 5 kilómetros y sus extremos son la Torre Stratosphere en el norte, y el hotel New York New York en el sur. Paseé por el París, el Bellagio, el Caesar Palace,… en uno de ellos conocí a Jesús, un cubano que  salió de su país hace 10 años. Tiene 62 y lleva 5 en Las Vegas. Cuenta que “cada vez hay menos trabajo por estas tierras, la crisis también ha llegado a Las Vegas”. Él ahora no trabaja, cobra una especie de subsidio por desempleo que se gasta visitando los casinos del Strip, aquellos en los que ha trabajado, que son casi todos. “Los turistas vienen pero ya no juegan, los hoteles se ven obligados a recortar los precios de las habitaciones, a poner actividades gratuitas y, como no, a despedir a gente”. Todo el oropel que reviste cada uno de estos edificios está pasando por una difícil situación. “El Cosmopolitan, un casino-hotel que abrió hace 6 meses ya ha perdido millones de dólares y echará a mucha gente a la calle” aventura Jesús. “Si trabajas más de un año tienes derecho a una ayuda gubernamental que pagan cada semana, si no te fastidias.” Hoy en día la tasa de desempleo de la ciudad es de 9 por ciento, una de las más altas de todo EEUU.

Una de las muchas locuras que se pueden hacer en Las Vegas es subirse a la Ride del Stratosphere (16 $ si no te alojas en el Hotel). Es una especie de montaña rusa en la torre del edificio más alto no sólo de Las Vegas sino de toda Nevada. Desafiar la gravedad y la velocidad a más de 350 metros de alto. Se puede tomar una copa en el Stratosphere y tener a tus pies toda la ciudad de Las Vegas, pero si vas a tomar fotos te las ves y te las deseas porque hay unas rejas en medio que te lo impiden.

Hablando de locuras, casarse es otra bendita insensatez que te cambia la vida y que se puede hacer más rápido y de la forma más extraña posible en esta metrópoli. Uno puede contraer matrimonio en un helicóptero, con una desconocida en plan Western, con un amor platónico vestido de Elvis/Marilyn, o en plan desmadre con fiesta nudista incluida. Todo es posible entre las 120.000 parejas que se casan aquí cada año, una cada 5 minutos. Paul y Rebecca son de ese extraño club de Las Vegas que se casan por amor después de convivir más de 10 años. Ha venido toda su familia desde Oregon para el enlace. Ya felices posan para la foto del recuerdo, aquella que un día, dentro de muchos años, enseñaran en sus reuniones de amigos de mesa camilla y fardarán de que se casaron en Las Vegas. “Nuestra ilusión era casarnos en Las Vegas. Ahora hemos comprobado que tiene menos glamour del que imaginábamos pero aún así estamos contentos”.

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Pero no todo es tan sencillo como parece. Antes del enlace hay que ir a Clark County Marriage Bureau para obtener una licencia matrimonial que cuesta 55 $. Después, hay que elegir entre la infinidad de sitios que hay para dar el “sí quiero”, teniendo en cuenta que un servicio básico de capilla sale por unos 200$, como mínimo. Algo semejante pasa con la calle Freemont. Es menos glamourosa de lo que uno cree. Representa con dignidad a la parte antigua de Las Vegas y es la segunda calle más importante de la ciudad por detrás del Strip. Hasta la creación de los grandes hoteles y casinos, la Freemont era el reino del glamour y el neón. Aún hoy, allí es el único sitio donde se puede jugar al blackjack a 5 pavos.

Y como sé que os gustan las anécdotas, os contaré que las ruletas de los casinos de Las Vegas sólo se detuvieron el 22 de noviembre de 1963, cuando un loco decidió acabar con la vida del presidente John Fitzgerald Kennedy. Eso si no contamos la pandemia de coronavirus que ha sufrido el mundo en 2020. También cuando se murieron Frank Sinatra y Dean Martin, todas las luces en Las Vegas se apagaron durante 1 minuto. Solo durante estos momentos se paró la diversión y el sonido de las tragaperras en Sin City.

Después de esas breves pausas la vida sigue. Trasnochar y dar lo máximo, hasta que el dinero aguante.

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