Nos vemos en el camino: Nomadland

Una de las cosas que más amo de esta vida es que no hay un adiós definitivo. Sabes, he conocido a cientos de personas y nunca me despido con un adiós definitivo. Siempre digo, te veré en el futuro. A veces pasa un mes, un año o, a veces, años, pero siempre los veo de nuevo. Así que puedo mirar hacia el final del camino y estoy seguro en lo más hondo de mi corazón de que volveré a ver a mi hijo.

Bob Wells

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Hacía tiempo que no veía una película tan hipnótica, tan relajante, tan emocionante y que me transmitiera tan buenas sensaciones. Ya aviso de que esto no es una crítica convencional de Nomadland, sino el poso que en mi interior ha dejado la historia de Fern, una mujer cuya vida es el centro de su existencia.

Fern vive en su furgoneta camper. Recorre parte de Estados Unidos encadenando trabajos precarios y amistades efímeras. Su vida cambió en el momento en que cerró la fábrica en la que trabajaba y el pueblo dónde vivía. Desde entonces surca carreteras y paisajes sin fin, atrapa momentos y conversaciones, pero no está perdida. Hace lo que quiere y solo rinde cuentas ante sí misma. La película nos va mostrando a Fern y, al principio, no sabemos porque lleva esa vida. Pensamos que no tiene dinero, no tiene donde vivir y esa furgoneta es su único refugio. Pero poco a poco nos va desvelando que es su modo de vida, el movimiento con el que se identifica.

La historia de Fern, dirigida por Chloé Zhao, nos adentra en espacios naturales que refulgen, pero también en territorios íntimos oscuros y misteriosos que conforman un paisaje humano capturado con un ritmo pausado, lento, que se agradece en estos días de ciberanzuelos (clickbait) e inmediatez. Es una historia emocionante, vívida, luminosa y esperanzadora.

Nomadland habla de la libertad, del amor, de la pérdida, del recuerdo (el que nos ata pero también el que nos libera), de la identidad y de la renuncia. Pero a lo largo de sus 108 minutos también caben elementos reales como la pobreza, el trabajo basura, el consumismo, las hipotecas o la comunidad y la familia.

Frances McDormand está inmensa. Pocos actores superarían esa prueba de un primer plano casi permanente y transmitir calidez y frialdad al mismo tiempo. Sus facciones hacen creíble su pasado y su personalidad dulce encandila y diluye cualquier amargor que la vida le planta en sus narices. Fern, encarnada por Frances McDormand, es totalmente creíble (y eso que la vi en versión doblada).

Sus amigos Swanki, Linda, Peter o Bob Wells son auténticos. Pero no como una frase hecha sino en el sentido literal de la palabra. Todos se convierten en personajes que interpretan el papel de ser ellos mismos. De hecho, Bob Wells es un conocido divulgador del nomadismo y la vida en caravana, un modo de vida que difunde a través de su canal de Youtube. Sus diálogos con Fern te dejan absorto, por la profunda ternura que destilan. Concebidos dentro de la pantalla tienen hondura, pero no por lo que cuentan, que no tiene mucho misterio ni gran sabiduría, sino por lo que transmite la calidez de las miradas y la suavidad que envuelve las palabras.

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Los escenarios que recorre nuestra protagonista son poco conocidos pero muy efectivos desde el punto de vista visual porque su presencia te envuelve:

  • El Desierto de Black Rock en Nevada, hogar del hedonismo extremo y sede del festival Burning Man. Un espacio de otro mundo formado por arena infinita y roca desnuda.
  • Las Badlands de Dakota del Sur y su marciano paisaje, retratado también en la película del mismo nombre de Terrence Malick. Acogen a Fern durante una temporada mientras trabaja en el restaurante de carretera Wall Drug, famoso por su brontosaurio.
  • California se despliega cuando Fern viaja a casa de su compañero Dave en Point Arena, en el condado de Mendocino. Y allí nos topamos con las olas del Pacífico. Después, la vemos entre la imponente vegetación y las aguas puras del Bosque Nacional San Bernardino, al este de Los Angeles.
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Las referencias pueblan cada milímetro de celuloide: el joven vagabundo que ha compuesto un poema para la mujer que le gusta y que genera desconfianza y fragilidad como aquel Drugstore Cowboy; los paisajes que podría haber filmado y firmado Ang Lee; las secuencias de road movie que cambian la Van por una chopper en Easy Rider; las reuniones de viejos hippies que, como dice la hermana de Fern, recuerdan a los buscadores de oro que se lanzaban a la aventura con la simple idea de descubrir y hallar que dibuja desde su propia experiencia Jack London; y la pátina bucólica de Hacia Rutas Salvajes de Sean Penn.

Nomadland es una historia redonda plagada de matices y de la que se pueden sacar muchas lecturas, como las que extraemos de la vida misma o de la naturaleza. Y al final llega la redención, el reconocimiento del recuerdo como algo vivo dentro de cada uno de nosotros. Esa sensación de que alguien no muere mientras exista dentro de nosotros y de que la llama que se apaga sigue encendida en la esencia de lo que hacemos.

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