La Balada de Irlanda

“Si tuviera una nueva vida, amigo lector, y pudiera elegir una tierra en donde nacer, ¿cuál crees que escogería?”. Esta frase es el punto final de Javier Reverte a su libro Canta Irlanda. El deseo, el sueño, la quimera o la ilusión que encierra este modismo podría haberlo firmado yo. De hecho, creo que lo hice ya hace tiempo en alguno de los artículos sobre Irlanda que he escrito para este blog u otras publicaciones. Aunque hay cosas que no me gustan (sus precios excesivos) es mi país predilecto en Europa junto con Portugal. Su enorme poso cultural en forma de música y literatura, los arrebatadores paisajes , el recogimiento de los pubs o la afabilidad de sus habitantes me atraen demasiado. También creo que alguna otra vez lo he escrito, pero sigo creyendo que los irlandeses y nosotros somos demasiado parecidos.

Canta Irlanda es un homenaje al país. Durante dos o tres meses de 2012, Reverte se enclaustra en Wesport, una localidad del condado de Mayo, a unas 3 horas en tren desde Dublin, para ordenar literariamente los cuadernos de viaje por el país que escribió 8 años antes. Entonces, el escritor recorrió los cuatro puntos cardinales del país siguiendo, sobre todo, las huellas de escritores como Joyce, Kavanagh, Behan o Heany, así como los retazos de historia imprescindibles para comprender un pasado complejo y lleno de frustración, conflictos y revanchas sangrientas.

Debo reprocharle a Reverte que el libro no contenga ni siquiera una referencia a músicos como Phil Lynnot, U2, Dolores O’Riordan, Van Morrison o The Pogues. Para mí están a la altura de los más altos poetas y dramaturgos de la isla y, sin embargo, no tienen una sola línea más allá de la transcripción de algunas letras de sus canciones. Tal es el caso de Sunday Bloody Sunday o Poor Paddy de The Pogues. Quiero confiar en que no fue el desconocimiento o el menosprecio por estos artistas sino la motivación viajera la que incluyó a unos y dejó fuera a otros, todos miembros de un mismo país y enormes referencias culturales mundiales. Y la otra pega que le pongo al libro es el excesivo peso de historia. Comparado con otros trabajos de Javier Reverte pareciera como si en este no le llegara el material vivido y éste lo tuviera que suplir con historias que más que aportar a la narración lo que hacen es perder al lector en un laberinto de fechas y nombres inncesarios. Aún así, Canta Irlanda merece mucho la pena.

Merece ser degustado con detenimiento, parándose en cada descripción y leyendo en voz alta (con su consiguiente traducción al inglés incluido) cada fragmento de canción, poema o evocación con las que el autor, a modo de mojón, jalona este viaje literario. Reverte inicia su periplo en Dublín coincidiendo con el Bloomsday, el día que se festeja el Ulises de James Joyce, el 24 de junio. La magistral y, al mismo tiempo, compleja novela narra la historia de un día en la vida de Leopoldo Bloom. Javier Reverte nos va conduciendo como si de un túnel se tratase por los vericuetos de la vida y obra de Joyce y otros escritores y vividores como Oscar Wilde, Gogarty o Samuel Beckett, como hilo conductor para revelarnos los principales atractivos de la ciudad. La Oficina de Correos, O’Connell Street, la cárcel de Kilmanheim y el Temple Bar son algunos de los lugares que describe con precisión y bagaje histórico.

El viaje continúa por escenarios tan apetecibles como el lugar donde se rodó El Hombre Tranquilo, la mítica película de John Ford; la castigada y renovada Belfast y su comparación con la época en la que sufrieron los Troubles; la isla de Aran, territorio soñado por el narrador O’Flaherty; el paisaje humano de Willam Yeats; las costas dónde muchos barcos de la Armada, cargados con hombres famélicos y malheridos, arribaron despojándose del calificativo Invencible; y mucho más contenido en sus 350 páginas.

Buena parte del libro se centra en la vida y los paisajes de William Yeats.

Canta Irlanda es un volumen con el que me siento muy identificado y con el que comparto muchos pasajes. Leyéndolo saboreé de nuevo una Guinness, olí la desgastada madera de sus pubs, me zambullí en sus canciones y me vi arrastrado por el viento mientras golpeaba sus imperturbables acantilados. Puedo decir que viajé de nuevo a Irlanda, lo cual, para los que no podemos vivir allí, es un consuelo.

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