Mezquita del Shah, Plaza Nasqsh-e Jahan
La espléndida Mezquita del Shah, en Esfahan

La primera sensación fue de rechazo,  sólo la primera. Es lo que tiene la ignorancia y nuestras estúpidas costumbres occidentales. Salen sin que te des cuenta, y cuando lo haces tu cabeza está diciendo que no a alguien que sólo quiere saludar y conocer. Fue el primer encuentro, el resto me resarcí siendo mucho más cercano, más natural, más yo.

Así es Irán. Pregunta para conocer, no para pedir; te ilumina en momentos de tinieblas; y su asombro te desnuda. Aquí nadie se cree superior, pero tampoco inferior.

Esfahan, Shiraz o Persépolis se desgranan en mi interior. Ellos me traen el dulzón olor a Landán que me transporta a la sonrisa de una dependienta del bazar Vakil. El pañuelo inundado con la fragancia de las fragancias, costó elegirlo, como las cosas que merecen la pena. Puedo oír cómo pulverizaba con la aguja el perfume que como una fina lluvia iba cayendo del blanco al amarillento.

Bajo la lluvia, el amargor del pistacho iraní sabe mejor. Un manjar con cáscara suave y plana, verde por dentro y adictivo por fuera. Todavía tengo la bolsa, quedan unos cuantos. Mientas los miro, me advierten de que probarlos puede provocar nostalgia.

Piden ser tocadas. La lana y la seda de las alfombras persas te llaman desde donde están amontonadas.  Andar descalzo por ellas es desperdiciar los sentidos, hay que agacharse y acariciarlas. Durante la comida o la cena es el mejor momento, sentados alrededor de un kebab y unas hojas de lavash.  Y si no, una pizza artesanal también vale.

La mirada, ruda y tierna, a la vez, de sus habitantes. La ilusión de los niños cuando entramos en sus colegios, la de los panaderos al pedirles una foto. Sus constantes risas. Mis continuas advertencias de que no había engaño. Mi confianza en que todo iba a salir bien en su compañía. Hamid, Irandot, Hossein, aquél vendedor de alfombras, las estudiantes de fotografía, las incompresibles alumnas de turismo que no hablaban inglés, el habitante de Iraq, las dependientas que venden y demuestran como pintarse los ojos al mismo tiempo, aquél recepcionista con el que pude cenar, un abuelo con su nieta posando para una polaroid…y otros tantos.

Atravesar el tráfico inclemente. “No te apartes, ellos lo harán, no hay de qué preocuparse”. Arrímate, no te cortes. Más civilizados, mucho más que en cualquier otro lugar de Asia. También lo son para eso, a pesar de sus gobernantes.

Los diálogos, ofrendas y discusiones que habrán escuchado las piedras de Persépolis. Las que se conservan en pie aun destilan grandeza a pesar de la erosión. Cuando esto era un imperio y el mundo se rindió a sus pies. Sentado, soñando, pudo ser más tiempo. No hay prisa. Aquél conductor con chaqueta de tweed podía esperar. Alejandro Magno los despertó del sueño prendiendo fuego a la ciudad.

Mis lágrimas en la Plaza de Nasqsh-e Jahan, en Esfahan. Me impresionó su grandeza, su belleza, su perfecta geometría pero no fueron la causa de mi tristeza. Mientras atardecía, y los últimos rayos del sol tocaban los minaretes de la Mezquita del Shah, me inundó la impotencia ante la injusticia. Vi cómo el poder apagaba el brillo en la mirada de los ciudadanos de Irán, de sus mujeres sin derechos, como su machacante doctrina aplicaba la política del aplastamiento personal. Me volví hacia el templo de Sheikh Lotfollah y sentí ganas de bailar y cantar. También de abrazar. A lo mejor por eso, aquél profesor de Sociología se reveló como el anfitrión.

Nunca me sentí perdido en aquellos laberínticos pasajes. Bazares sin fin que siempre dan a una plaza, un nuevo callejón o una calle a ninguna parte. Por aquí no es, me equivoqué. Sí, aquella tienda de alfombras no existía.

Las calles mojadas de Shiraz, a la 1 de la madrugada. No circula nadie, ni en coche ni a pie. Algún taxi esporádico. A pesar de eso nos sentimos seguros. Geniales las vistas desde el Grand Hotel. Los sillones estilo Luis XVI, algo duros, como me gustan. Polizones saliendo de las bodegas de un barco de lujo. Regreso al Atlas, nuestra casa. No hay lujos, es confortable como un hogar.

Canciones en Farsi resuenan en mi cabeza. Oigo a Mohammad Reza Shajarian y a Alahe. Y me acuerdo del “finish”, de los tantos y tantos “hundred tomans”. Sintiendo Irán.

Sintiendo Irán
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2 Comentarios

  1. He estado en los mismos lugares de Irán y en las mismas fechas que tú y comparto fielmente tus palabras y sentimientos hacia este lugar.Me quedo sin duda con lo que tanto leí antes de partir y que pude comprobar en vivo y en directo: la amabilidad a raudales de la gente iraní.

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