En la ciudad de los rascacielos hay más de 15o edificios que alcanzan más de 150 metros de altura. Desde el renacentismo del Flatiron hasta la ostentación del Chrysler Buildin, pasando por la esbeltez del Empire State Buildin, estas construcciones han marcado un hito en la historia de la arquitectura y representan las ambición y el afán del hombre por desafiar las leyes naturales.
Nueva York es una ciudad con un poder mágico: le cambia el rostro a los que la visitan, al menos durante los primeros días o semanas. La capital del mundo se visita en vertical, hacía arriba. Y no se mira, se admira, porque al subir la cabeza para observar sus altos edificios un acto reflejo nos abre la boca de par en par. Pruébenlo, pruébenlo.
Nueva York siempre ha ostentado el apellido “ciudad de los rascacielos” aunque no es la primera que los tuvo ni la que tiene los edificios más altos. Pero sí ostenta, por ahora, el honroso privilegio de ser la que más edificios altos tiene. Eso, y el ser el escenario natural del poder, el lujo, la riqueza y la decadencia en el mundo del cine la han convertido en un lugar alucinante y a la vez familiar. Hay pocas ciudades en el mundo en el que tienes la sensación de sentirte como en casa.
Pasear por Nueva York es como caminar por el vientre de un bosque en el que los árboles son de acero revestido por cristal y ladrillo. Moles inmensas que dejan ver la ciudad y que envuelven al viajero hasta hacerlo pasar desapercibido. No son enjambres como se dice habitualmente sino gigantes sin brazos lo que los hace más estilizados y vigilantes. Cuando uno llega a Nueva York tiene la sensación de ser observado. Desde alguna ventana iluminada, alguien espía los movimientos sonámbulos del visitante. Esta masa de líneas rectas revolucionó el panorama urbano y urbanístico de las ciudades.
La peculiar silueta de Manhattan comenzó a cobrar forma con la introducción del acero como material de construcción y la creación de los primeros ascensores. Hasta entonces la altura era directamente proporcional a la cantidad de escalones que era posible subir sin cansarse.
Tendríamos que remontarnos muy atrás para ver un Nueva York sin rascacielos, hasta 1880. Entonces, el edificio más alto de la ciudad era la Trinity Church que, con pináculo incluida, llegaba hasta los 87 metros de altura. La iglesia, símbolo religioso en pleno Wall Street fue la tercera edificación en el bajo Manhattan y ya, aunque de manera algo más mística, dejaba entrever el afán por alcanzar los cielos que luego se extendería a la clase financiera y empresarial.
Pero en otros lugares como en Chicago ya se estaban construyendo edificios de más de 100 metros, tope mínimo para considerar una torre como rascacielos. De hecho, fue un arquitecto de esta ciudad norteamericana el que diseñó y construyó el primer rascacielos de NY. El arquitecto, Daniel Burman, levantó el edificio Fuller, más conocido como “Flatiron” (plancha en inglés) por su característica y arriesgada forma.
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